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Lección del Libro de la Sabiduría. Santiago agradó al Señor y fue trasladado al paraíso para dar a las gentes penitencia, etc.

Sermón del Santo Papa Calixto sobre esta Lección. Al celebrar hoy la solemnidad sagrada, hermanos amadísimos, de la elección y traslación de Santiago, hijo de Zebedeo, Apóstol de Galicia, hermano de San Juan Evangelista, debemos acoger las hermosas palabras de esta bellísima lección con digna y olorosa flor de exposición para gloria de nuestro Señor Jesucristo, pues dice la lección divina: "Jacobo agradó al Señor y fue trasladado al paraíso". Fue trasladado a la tierra de los que viven, porque agradó a Dios en la tierra de los que mueren. Mas en el lugar que en la primera parte de este versículo se escribe Jacobo, en los códices del libro de la Sabiduría se lee Henoch, porque lo que se escribe de dicho Henoch, aunque puede entenderse de Cristo, o de cualquier otro justo alegóricamente, sin embargo, el asunto exige que se entienda de Santiago. Mas en primer lugar se ha de examinar, ¿por qué Henoch fue trasladado al paraíso porque con el profeta Elías, a quien el Señor arrebató igualmente por medio de un torbellino al cielo, ha de venir al fin del mundo para aplastar al Anticristo. Pero ¿en dónde viven y se visten Elías y Henoch, que están colocados fuera del siglo y viven de carne humana?. Porque el mismo que alimentó con el maná en otro tiempo en el desierto a los hijos de Israel, ese mismo Señor, según su voluntad, los alimenta. ¿Y por qué el Señor ha de enviar hombres para aplastar al Anticristo y no ángeles o arcángeles?. Porque así como no envió a un ángel, sino a un hombre, o sea: a su propio Hijo, Dios nuestro Señor, para aplastar al diablo y librar al hombre, del mismo modo determinó enviar hombres y no ángeles para vencer al Anticristo. ¿Y por qué había de enviar a hombres de la antigua Ley y no apóstoles, que están más próximos a Cristo y son más familiares a Dios que aquéllos?. Porque si hubiera enviado apóstoles u otros santos de la nueva Ley no tendría testigos de la Ley vieja. Existen tres épocas: una antes de la Ley, otra bajo la Ley y otra bajo la gracia del Bautismo; de todas las cuales el Hijo de Dios quiso tener testigos verdaderos en contra del Anticristo, a saber: Henoch, entre los hombres que vivieron antes de la Ley; Elías, entre los que vivieron bajo la Ley; y los apóstoles, en la época de gracia. Tuvo a los apóstoles como testigos de su primera venida; tendrá a Elías y a Henoch en su segunda venida. Y ¿por qué reservó para esta obra a hombres que aún tienen que morir en su carne humana?. Por ventura, ¿no pudo al fin de los siglos resucitar algunos de sus discípulos, apóstoles u otros hombres más santos que ellos?. Ciertamente, si quisiera, podría hacerlo, mas si volviese a la vida hombres que ya habían muerto no pelearían con mucha firmeza, sabiendo que tenían que volver a morir, porque temerían volver a morir otra vez. Pues la sombra de la muerte es de tanta amargura, que quien la probó una vez no quiere repetirla. Por tanto, Henoch, que significa consagración, simboliza a Cristo, que consagró a su Iglesia con su sangre. Por el hecho de que Henoch agradó al Señor con sus palabras, ejemplos y buenas obras, se simboliza el Unigénito de Dios, que agradó a Dios su Padre en todo y por todo, como atestiguó su mismo Padre en el monte Tabor, oyéndolo el mismo Apóstol, y en el Jordán, diciendo así de El: "Este es mi hijo muy amado, en quien tengo mis complacencias". Por el hecho de que Henoch, viviendo aún en su cuerpo, fue trasladado al paraíso, se representa al mismo Hijo de Dios resucitado en el propio cuerpo de entre los muertos, a quien Dios Padre, después de triunfar del príncipe de los infiernos, exaltó no sólo al paraíso, sino sobre todos los ejércitos de los ángeles y sobre las más altas cumbres de los cielos. Por el hecho de que Henoch ha de venir al fin del mundo para mover a penitencia a las gentes y para triunfar del Anticristo, se representa a Cristo que, triunfador del príncipe de este mundo, o sea del diablo, lo echó fuera del mismo, según sus propias palabras: "Ahora el príncipe de este mundo será echado fuera". El mismo aconsejó "Haced penitencia, pues se acerca el reino de Dios". Y como Henoch agradó a Dios y fue trasladado al Paraíso, así Santiago, con la fe y las obras, ya que a éste le agradan los que le temen y esperan en su misericordia, fue trasladado a la morada del paraíso celestial. Este, además, predicó a todos la penitencia, como está escrito en la epístola de Santiago: "Haced penitencia, convertíos para que se borren vuestros delitos".

"Fue encontrado perfecto y justo, y en el tiempo de la ira fue convertido en reconciliación. Las alianzas del siglo fueron puestas en él a fin de que no desapareciese toda carne". Estos dos versículos se refieren a Noé; Noé, que significa descanso y que es hallado perfecto y justo, representa al Hijo de Dios, que es más justo que todos los justos y más perfecto que todos los perfectos, en quien está la paz eterna, el descanso perenne, la tranquilidad duradera; en quien descansan las almas de los santos, como El dice a sus discípulos: "Y encontraréis descanso para vuestras almas". Por el hecho de que Noé, en el tiempo de la ira, o sea del diluvio, reconcilió el mundo con la vida por medio del arca de madera que hizo y por el agua por medio de la cual flotó, se significa a Cristo, quien por su cruz y por medio del agua del bautismo reconcilió el mundo perdido con Dios Padre, según dice San Pablo: "Cristo, por la sangre de su pasión, reconcilió al mundo con Dios". Y en otro escrito se dice así: "El cordero redimió a las ovejas; Cristo inocente reconcilió a los pecadores con su Padre". Y como Noé en el tiempo del diluvio sirvió de testimonio para que no pudiese ser destruida toda la carne, en el tiempo de perdición. Pues dice el Padre así de su Hijo por boca del Profeta: "He aquí que lo di como testigo a los pueblos y como guía y preceptor a las gentes". Y el bienaventurado Job dice: "En el cielo está un testigo y un confidente en las alturas". Por Noé, como dijimos, se simboliza a Cristo; por el arca, la Iglesia; por el agua el bautismo de Cristo; por los muertos en el agua, nuestros crímenes extinguidos en el bautismo; por los salvados en el arca, los fieles salvados en la Iglesia. Los que están fuera de la Iglesia, a saber: los herejes, los judíos, los gentiles, los excomulgados, caen dentro de la perdición del diluvio. Y como Noé, en uno de los lados del arca, hizo una ventana, así nuestro piadoso y humildísimo Redentor, compadeciéndose de nuestras miserias cuando pendía en la cruz, presentó su costado para que lo abriera el soldado, a fin de que saliesen de él torrentes estimadísimos: la sangre de la redención y el agua del bautismo, con las cuales se lavan nuestros crímenes. Por el hecho de que Noé construyó el arca para salvar las reliquias del mundo, podemos sobrentender a Santiago, que con su predicación y con su sangre derramada construyó la Iglesia para atraer al mundo a la fe salvadora. Así, pues, para alabanza de Cristo, de él juntamente con los demás apóstoles, la Iglesia, gozosa con sus méritos y doctrinas, canta diciendo: "Estos son los que, viviendo en la carne, plantaron la Iglesia con su sangre".

"Padre excelso de multitud de naciones y no se encuentra semejante a él en cuanto a gloria, porque guardó la ley del Altísimo". Este versículo, con los cuatro versos siguientes, se refiere a Abraham. Por Abraham, que quiere decir padre excelso y se le llama padre de multitud de naciones, debe entenderse el Hijo de Dios, que es Padre piadoso de todos los que creen en El, y no sólo es acatado por todas gentes, sino también por los cielos y por todas las naciones. De quien el Salmista dice: "Excelso sobre todas las naciones el Señor y sobre los cielos su gloria". Pues está sobre todas las cosas y está debajo de todas las cosas, y todo lo que existe está en El mismo. De quien el bienaventurado Job a uno que le hablaba dice así: "Es más excelso que el cielo, ¿y qué harás?. Es más profundo que el infierno, ¿y cómo lo conocerás?. Mide más que la tierra y es más ancho que el mar". Este tal y tan gran artífice, que encierra el mundo dentro de su puño, morando en el arca del vientre de la Virgen María en otro tiempo nació por la salud del mundo. Este, en todo y por todo, observó la Ley y los mandatos de su excelso Padre. Por lo tanto, no se ha encontrado semejante a El en la gloria de los ángeles y de los hombres, como dice el Salmista: "No hay semejante a Ti entre los dioses, Señor, y no lo hay con relación a tus obras". Y en otro lugar: "¡Oh, Dios! ¿Quién será semejante a Ti?". Y como Abraham fue padre de muchas gentes, así Santiago es padre y auxiliador piadosísimo de muchos peregrinos que vienen a sus pies a Galicia, el cual, mientras vivía, guardaba en todo diligentemente la Ley de Dios excelso. Y no se encuentra semejante a El entre los apóstoles en la gloria, puesto que mereció seguir a Cristo a los cielos, antes que los demás apóstoles, por la espada de Herodes; mereció sentarse más cerca de Cristo que todos los demás apóstoles, en elevadísimo trono. Y el Señor estuvo en alianza con él mismo. Como el Señor, estuvo con Abraham en la alianza de la circuncisión y de la prole, así, y aún más, Dios Padre y el Espíritu Santo están con Cristo en la gracia del bautismo y en la nueva prole de los católicos, y estuvo también con Santiago por la gracia de la divina predicación.

"En su carne hizo cimentar su alianza y en la prueba fue encontrado fiel". Como Dios en la carne de Abraham estableció la alianza de la circuncisión, así en Cristo, en Santiago y en los demás apóstoles hace permanecer la alianza de la nueva gracia. Porque Abraham fue testigo e inventor de la circuncisión y así los apóstoles son también testigos de la nueva gracia del bautismo. Y como a Abraham al probarlo Dios le fue dicho: "Coge a tu hijo Isaac, a quien amas, y ofrécemelo en holocausto", y se le encuentra fiel, así nuestro Señor Jesucristo, cuando el diablo le dice en la tentación: "Te daré todo esto si postrándote me adorares", se muestra fidelísimo. De la misma manera, Santiago, en las tentaciones diabólicas, en la prosperidad y en la adversidad, siempre permaneció fiel durante su vida. Del mismo modo, nosotros, siempre que fuésemos probados por el Señor o tentados por el diablo, debemos obrar fiel y pacientemente. De la tentación del Señor fue escrito por el Apóstol: "Os tienta el Señor para saber si le amáis". De la tentación diabólica decimos al Señor en la oración dominical: "No nos dejes caer en la tentación". Por lo tanto, vean los españoles, o cualquier otro cristiano, si por ventura son hechos prisioneros por los moros, que deben permanecer fieles hasta la muerte para recibir aquel premio que prometió el Señor, diciendo a los fieles: "El que perseverare hasta el fin, será salvo".

"Por eso, con juramento, le concedió descendencia en su nación y crecer él como un montón de tierra y que se enalteciese su semilla como las estrellas". La descendencia que el Señor garantizó a la raza de Abraham es propiamente la carne de nuestro Salvador, que desciende del tronco de Abraham, la cual se asemeja a la buena semilla, porque, como de un solo grano de semilla se producen varios granos, así de la sangre de dicha carne millares de gentes y naciones se regeneran por la gracia del bautismo. Esta, pues, creció como un monte de tierra, porque profetas, patriarcas, apóstoles, mártires, confesores y todos los escogidos, más altos que las cumbres del Olimpo, el Señor, que reúne todo lo bueno, los acumuló. La semilla de Abraham es enaltecida como las estrellas, porque sobre los coros de los ángeles es exaltado el cuerpo del Salvador. "Y heredaron ellos desde un mar a otro mar y desde el río hasta los confines del orbe de las tierras". Desde un mar a otro mar heredan los descendientes de Abraham, porque en todas partes los fieles de Cristo, por disposición de la divina gracia, se multiplican. Y como Abraham es tenido por padre de multitud de naciones, así Santiago es venerado como padre piadoso de naciones de pueblos diversos, que vienen a Galicia a su santo sepulcro. Y como la semilla de Abraham, a manera de un montón de tierra, se aumenta y es exaltada como las estrellas, así las naciones de peregrinos se aumentan todos los días en la tierra y sobre las estrellas del cielo son ensalzadas con él en la patria celestial.

"Lo conoció en sus bendiciones y le dio la heredad y dividió su parte a las doce tribus". Este versículo, con el siguiente, se refiere a Jacob. Puesto que Jacob amó mucho las bendiciones, el Señor lo conoció y amó, como El mismo dice por el Profeta: "Amé a Jacob y tuve odio a Esaú". Jacob cubrió sus manos y la desnudez del cuello con pieles de cabrito, negó ser él mismo, cambió su nombre y su habla, fingió la figura de su hermano, dijo una mentira, dañó a su hermano, engañó a su padre para lograr ser bendecido por él. En el monte de Betel (1) lucha toda la noche con el ángel, hasta quedar cojo, para conseguir la bendición del Señor. Por lo cual vio al Señor en la cima de la escala, y el Señor lo conoció (2). Así nosotros también debemos cubrir nuestras almas, que el maligno enemigo desnudó de las virtudes santas y de la felicidad del Paraíso por la caída en el vicio, con la penitencia de la muerte y la mortificación de la carne, para merecer ser bendecidos por Dios, nuestro Padre. También con aquel ángel que es "ángel del gran consejo", a saber, nuestro Señor Jesucristo, debemos luchar, no con las armas del vano poder, sino con continuas oraciones, frecuentes ayunos, con limosnas y predicaciones divinas, para merecer ser bendecidos por el Señor, no en el monte Betel, sino en el cielo. La heredad que el Señor da a Jacob es alegóricamente el pueblo cristiano, que Dios Padre dio a su Unigénito. Acerca de la cual la misma Verdad dice: "Digno de alabanza es el pueblo a quien el Señor de los ejércitos bendijo diciendo: Israel, tú eres obra de mis manos, tú eres mi heredad". De esta misma heredad dice el Salmista: "Mi heredad es preclara para mí". El heredero de esta heredad es el Hijo de Dios, según el dicho del Apóstol: "lo constituyó heredero universal, y por El hizo los siglos". Esta heredad es la familia cristiana, la cual el Señor dividió para su Hijo en doce tribus, porque el Señor las separó para sí de los herejes, de los judíos y de los gentiles infieles, habiéndoles enviado a los doce apóstoles para la predicación. Cuando se divide una cosa, se recibe parte y parte se da. Así, el Señor ahora y en el día del último juicio despreciará la parte de los malvados y recibirá la de los buenos. Por eso en el Viejo Testamento está escrito: "Os he separado de los demás pueblos para que seáis míos". Y en otro lugar: "Si separas lo precioso de lo vil, serás como mi propio rostro".

"Y conservó para El hombres misericordiosos que encontraron gracia a los ojos de toda carne". Jacob, para quien el Señor conservó hombres de misericordia, o sea a sus doce hijos, a los doce patriarcas del mundo, simboliza al Hijo de Dios, para quien Dios Padre conservó fielmente, como hombres de misericordia, para ahora y para el futuro, a los doce apóstoles. Como el mismo Hijo, pidió al Padre por ellos diciendo: "Padre santo, conserva en tu nombre a los que me has dado". Y en otro lugar les dice: "Un solo cabello de vuestra cabeza no perecerá". Y como los doce patriarcas encontraron los doce apóstoles a los ojos de la verdadera Divinidad de Cristo, Hijo de Dios. Jacob, que vio al Señor en el monte Betel, representa a Santiago, que vio al Señor en el monte Tabor transfigurado en la divinidad del Padre. Jacob significa suplantador, porque aquél, suplantando a su hermano para recibir fraudulentamente la bendición del Padre, representa a nuestro Santiago, que suplantó los vicios humanos, ora en sí por la mortificación de la carne, ora en otros por predicación de la divina palabra.

"Amado de Dios y de los hombres, cuya memoria es bendita". Este versículo se refiere a la persona de Moisés. Moisés, que quiere decir acuoso, porque fue encontrado en el agua, y que es amado de Dios y de los hombres, representa a Cristo Hijo de Dios, el cual fue acuoso, puesto que por el agua del bautismo y la sangre de su pasión dio el reino de los cielos a los fieles, y se le encuentra en el agua, puesto que da su gracia a los penitentes por medio de dulces ríos de lágrimas. Pues así dice El mismo por el Profeta: "Buscad al Señor mientras pueda encontrarse". En el mismo radica el amor del Padre y de los hombres. Si Cristo es amado por Dios y por los hombres, luego el hombre se une por el amor al mismo Dios; lo humano se une a lo divino. ¡Oh cuán hermoso es y glorioso, hermanos, amar a nuestro glorioso Redentor, a quien ama Dios Padre!. Pues a la manera que el esposo se une a la esposa por el amor en el tálamo nupcial, nuestro amor se une con el amor del Padre en Cristo. Cuando amamos a Cristo con el debido amor nos unimos a El. Por el pecado del primer hombre nos alejamos de Dios, pero por el amor a Cristo nos unimos a El. Mientras nuestro amor está en Cristo, Dios Padre está con nosotros y nosotros con El. Debemos practicar el bien, según el Apóstol, "no sólo delante de Dios, sino también delante de los hombres", para merecer ser amados por el amor de Dios y del prójimo ante Dios y ante los hombres. Nuestro padre Santiago es amado por Dios, puesto que habiéndole el Señor elegido en el día de hoy junto al mar de Galilea, es coronado dignamente por sus méritos en la silla del cielo. Es amado también en este mundo por los hombres, puesto que por los cuatro climas del mundo es amado, invocado, adorado y honrado por todos los fieles, y además en Galicia es visitado. Por lo tanto, que aquel piadosísimo Apóstol de Cristo, cuya fiesta de su vocación y traslación celebramos, se digne ayudarnos en todas nuestras necesidades y llevarnos al reino celestial, concediéndolo nuestro Señor Jesucristo, que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina, Dios por los siglos infinitos de los siglos. Amén.

(1)

Génesis 32, 24 y siguientes. La lucha entre Jacob y el ángel no tuvo lugar en Betel (Génesis 28 y 19) sino en Galaad, en la Transjordania Media, cerca del torrente Jacob, a la derecha del mismo. A Betel fué más tarde y allí después de hacer las paces con Esaú, se le apareció Dios y le mandó cambiar su nombre por el de Israel (Génesis 35, 10).

(2)

Génesis 28, 12 y siguientes. El autor del sermón reúne los tres episodios, que tuvieron lugar en distintas ocasiones: el de la escala de ángeles, que llegaba al cielo, el de la lucha con el ángel y el del cambio de nombre, para su mística aplicación.