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Corriendo el año mil ciento diez de la encarnación del Señor, los caballeros de dos ciudades de Italia, enemigas entre sí, trabaron combate. Y vencida una parte por la otra, volvió las espaldas y emprendió la huída en desorden. Mas cierto caballero entre ellos, que solía venir al sepulcro de Santiago, viendo al huir que parte de sus compañeros fugitivos eran apresados y parte muertos, y desconfiando de salvar la vida, empezó a llamar a Santiago en auxilio para que le valiese, ya casi sin voz, pero con hondos gemidos. Y al fin, dijo con viva voz: Santiago, si te dignas librarme del peligro que me amenaza, sin tardanza iré presuroso a tu santuario, y con mi caballo, pues nada tengo que más estime, me presentaré a ti.

Hecha, pues, la súplica, el gloriosísimo Santiago, que no se niega a quienes piden con recto corazón, antes al contrario, acude en auxilio al punto, apareció entre él y los enemigos, que siguiéndole con mayor insistencia ansiaban alcanzarle, una vez que todos los demás habían sido suprimidos por la espada o la captura, y le libró, a lo largo de seis leguas que le persiguieron, con la protección de su escudo. Y para que no se atribuya este milagro más a las fuerzas del caballo que a la gloria de Santiago, como suele hacerse por los que odian el bien y atacan a la Iglesia, para alejar toda objeción de éstos, resultó que aquel caballo no valía veinte sueldos. El caballero, para no quedar deudor de su promesa, acudió con su caballo a la presencia del santo Apóstol, y a fin de cumplir enteramente lo que había prometido, pese a la oposición de los guardianes, se presentó ante las puertas del altar. Y con gozo por este milagro, clérigos y seglares, acudiendo a la iglesia según costumbre, dieron gracias a Dios con himnos y salmos. Esto fue realizado por el Señor, y es admirable a nuestro ver. Al mismo Señor honor y gloria por los siglos de los siglos. Así sea.